Cuentos en círculos

El libro más reciente de Federico Vegas reúne 14 cuentos donde el autor vuelve sobre su mundo familiar: allí están los amigos, las reuniones sociales, los amores fortuitos, así como también su manía de multiplicar los personajes con su nombre, no se sabe si con el objeto de lograr la credibilidad del lector o debido a una comprensión literal de la narración en primera persona.

A pesar de su título, el grueso de Nostalgia esférica, tiene poco que ver con el “deseo doloroso de regresar a casa”, que es la definición de nostalgia. A excepción de “Somerville”, en el cual un escritor sale del país con su esposa y sus hijos con el objeto de terminar una novela que le había prometido a una editorial, y en el cual su “familia estaba apegada a Caracas con la fiera espiritualidad de los héroes jóvenes y bellos”, los relatos del libro giran, más bien, alrededor de los viajes, las estancias cortas y algunos recuerdos del pasado. Y eso que una de las mejores reflexiones del libro se encuentra en la introducción, refiriéndose a las dimensiones de la nostalgia: “A los venezolanos la nostalgia se nos ha tornado esférica: sentimos tanto el dolor de querer marcharnos como el de querer volver y el de haber vuelto”. Preciosa y, tristemente, real esta frase.

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Es imprecisa, también, la relación entre la idea de evitar la nostalgia, para “sentirnos menos amputados”, como promete el también autor de Falke (2005) en el prólogo con la historia del hombre que se quema una mano, de otro que viaja a un campamento de gorditos para perseguir a una mujer de la que se ha enamorado, o la de un joven que resuelve de manera fortuita el embrollo sentimental de la hermana de su novia, así como tampoco en el caso de un adolescente que estudia en New Hampton School y comienza sus incursiones amorosas en las vacaciones cuando visitaba a su abuela en Caracas. Menos claro queda la enunciación del “angustioso deseo de retornar al terruño” en la narración de la enfermedad y la muerte del padre mientras un escritor se retira a Barcelona para terminar una novela que titula “Un suspiro de mantequilla”, la de un primo que viene de visita de Europa un año nuevo en “La embestida” o la de un hijo que cuida a su padre en la clínica titulada “El astrónomo”.

Resulta claro que el libro está atravesado por la muerte del padre, debido a la cantidad de veces que se repite este motivo, bien sea como elemento que desencadena un relato, como centro del mismo o como detalle anecdótico. He allí una forma de nostalgia acaso más “esférica”: la reorganización completa del mundo íntimo que supone perder al progenitor.

Lo que sí resulta evidente en la decena y media de narraciones en Nostalgia esférica es la revelación de “ciertos mitos, vacíos y eslabones perdidos en la comprensión de nuestro tiempo” con el objeto de entender “qué podemos ser”. He allí la fortaleza de la escritura del autor nacido en 1950, la descripción del universo apegado a las tradiciones de las familias mantuanas de Caracas, que se mantiene en el tiempo, aunque sea solo sostenido por la memoria, a pesar de la erosiones sufridas en los más de 15 años de revolución bolivariana.

Redondas reflexiones. La literatura de Vegas está construida a partir del enunciado de frases categóricas, que abundan tanto en sus novelas como en sus cuentos. Nostalgia esférica no es la excepción. Hay reflexiones exitosas en la forma como definen el ethos nacional como esas con las que describe la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958: “El dictador salió huyendo y hubo más muertos en la celebración que durante el derrocamiento”. Otras sobrecogen por la profundidad de los sentimientos expresados con sencillez. “Llega un momento en que la vida comienza a consumirse como una llama que no calienta y la fuerza de nuestros sentimientos no pueden darle ya sentido a esa consumición, a ese incendio que se torna puro espectáculo”, escribe en “El entierro”, donde la muerte de un galgo del Canódromo de Porlamar, convertido en perro callejero cuando cerró el establecimiento, revuelve los sentimientos de pérdida de una mujer.

Sin embargo, hay otras oraciones aquí que dejarán perplejo al lector por su talante tautológico. Tal es el ejemplo de la reflexión que puede leerse en el relato de un hombre que después de años vuelve a la arepera La Frontera que frecuentaba en uno de sus primeros trabajos en “La corte de Solimán”: “No hay nada más diferente a un hombre que una mujer, y nada más parecido a una mujer que un hombre”. Otra por el estilo es “mi madre decía que cuando una mujer se enamora de un cojo o un pintor es imposible sacárselo de la cabeza”, que puede leerse en “El Balcón”, la historia de un hombre que se enreda con la mujer de un pintor. Pero lo que parece interesantes es que estas frases siempre terminan neutralizándose por otras que apelan a la estética, como el caso de la descripción que hace en “Choroní” de una mujer: “Le faltaba inspiración, le sobraba melancolía y creo que sufría de esa cobarde prudencia que llamamos sensatez”.

Y la frase viene a cuento porque así se presentan los relatos de este libro: les falta expatriación, les sobra tristeza y creo que sufren de esa tranquilizadora sencillez que denominamos estilo.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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