La parte real de Fresán

Si bien el motivo del escritor que se observa a sí mismo y al oficio que realiza se cuela con frecuencia en los libros de Rodrigo Fresán, en el caso de su más reciente novela, La parte inventada, el tema ofrece una excusa inmejorable para un titánico proyecto de 566 páginas de longitud que aspira hacia la obra total, sin extremas grandilocuencias, pero con el ímpetu de pocos trabajos desde el siglo XIX.

la-parte-inventadaAlternando la infancia de El Escritor con su presente de nostalgias por glorias pasadas, La parte inventada deslava múltiples digresiones en un argumento mínimo donde el protagonista intenta terminar sus memorias, mientras El Chico –que no lo admira realmente pero que también quiere convertirse en escritor para enamorar a La Chica– realiza un documental nostálgico sobre su vida y obra. Trazada desde la misma idea de la escritura como una forma de monomanía que inaugurara el estadounidense Edgar Allan Poe hace dos siglos, las divagaciones deliberadas de Fresán se desdoblan no solo sobre otros asuntos del argumento como la Hermana Loca del autor –que acaso representa a la subvaluada Zelda Fitzgerald, esposa del creador de El gran Gatsby– o la cotidianidad del trabajo de autor, sino también sobre las angustias de los escritores y las grandes preocupaciones de la literatura, como el papel de los autores dentro de sus comunidades, el efecto de sus libros sobre los lectores o la necesidad de profundizar en el espíritu crítico que tienen las sociedades contemporáneas.

Usando como asidero una bella frase en la novela que describe al pasado como “un juguete roto que cada quien arregla a su manera”, el símbolo que se repite a lo largo del libro –el mismo que la editorial Random House ha colocado en la portada– es el de un hombrecito de lata con una maleta al que hay que darle cuerda, que parece representar al personaje de la ficción o al oficio de escribir, pero que funciona como una buena alegoría de la mismísima literatura, la definición que Fresán esconde en el centro de la frase con que titula su libro, la parte inventada, “que no es, nunca, la parte mentirosa, sino lo que realmente convierte algo que apenas sucedió en algo como debió haber sucedido”.

Relacionado con la imagen del juguete de cuerda, como la gran magia que opera dentro la mente del autor/demiurgo está el símbolo de la libreta de apuntes de El Escritor –“,,,. Allí se reproducen una serie de falsos comienzos y argumentos inacabados que no solo muestran las obsesiones pertinaces del oficio de las letras sino que sirven como comentario también de la esterilidad de la vida real del personaje y evidencian que este tampoco sirve para desarrollar la vida inventada.

La fragmentación experimental del libro, ejemplificada por las páginas en las cuales se reproducen en la letra tipo Serif párrafos enteros de los capítulos tomados de las memorias que está pergeñando El Escritor y se mezclan con las ideas y recuerdos –anotados en Times New Roman– que no figuran en el manuscrito, permiten jugar con la idea de que entran y salen los personajes a placer de la parte inventada a la vida real.

El autor y el no-autor. Con la intención de criticar a la literatura ready-made, el autor nacido en 1963 hace retrata en diversas oportunidades las relaciones entre el mundo de la literatura y el editorial y resalta en especial un pasaje donde se queja de los editores jóvenes quienes “llevan una vida muy parecida a los escritores de los años veinte, de fiesta en fiesta; mientras que los escritores maduros de ahora somos más como los editores de los años veinte, como Maxwell Perkins: de casa al trabajo y del trabajo a casa haciendo el menor ruido posible”. Y, apenas unas páginas después se queja también de que “la gente lee cada vez menos y, por lo tanto, lee cada vez peor”, antes de clasificar al contemporáneo como el lector “silvestre” y colocarlo en contraposición con el (deseable) “lector sofisticado”.

Entre las profusas lucubraciones cultas que se permite el autor argentino, la obra se llena de detalles interesantes, como la casualidad de que ambos miembros de una relación que se desmorona están leyendo a la vez “versiones diferentes de la misma novela del mismo modo en que escriben versiones diferentes de su matrimonio”. Este ejemplo obliga ala lector a reflexionar no solo sobre la manera en que personas cercanas sobre exactamente la misma realidad pueden construir versiones diferentes al tiempo que sugiere la profundidad de los cambios que pueden operarse entre las primeras y las siguientes versiones de los libros publicados, como si de universos literarios diferentes se tratara. Sugiere, también la idea de que el mundo real también está traspasado (qué maravilla) por la parte inventada, por cuanto esta “no es otra cosa que una sombra verdadera proyectándose sobre la parte real”.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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