La lengua de Morábito

La frase con la que Fabio Morábito finaliza El idioma materno es un resumen cabal de todo el libro: “Se abdica del idioma materno porque se abdica del llanto y se abdica del llanto porque sólo dejando de llorar se puede escribir”. Se refiere a que únicamente lejos de los sentimentalismos puede un autor estructurar su obra.

el-idioma-maternoAntes de anotar eso, el escritor detalla la incapacidad que tienen los seres humanos de entristecerse hasta las lágrimas en un idioma distinto al que aprendieron en su casa. El texto que (de lo más predecible) se titula “El idioma materno” se refiere a la imposibilidad de exteriorizar las emociones en un registro diferente a la lengua de la infancia y, por ende, otorga un puesto capital a esta etapa de la vida humana en la escritura. Las 84 entradas del volumen editado por Sexto Piso giran en torno a las relaciones entre la escritura, la infancia del autor y, principalmente, las muchas maneras en que a estos los define el idioma, la lengua que hablan.

Ninguno mejor que Morábito para conocer a fondo y divagar sobre estos asuntos. Nacido en el año 1955 de padres italianos en la ciudad egipcia de Alejandría y mudado a México 15 años después, este escritor es un ejemplo de literatura verdaderamente híbrida, porque ha debido aprender a hablar varias veces. Y su literatura se ha nutrido de ello, siempre cuestionándose cuál es el uso cotidiano y el intelectual del idioma. Luego de publicar en castellano doce libros –la mayoría de estos poemarios, una novela y dos libros de cuentos– y de hacer una sólida carrera en la tradición literaria mexicana, Morábito está más que calificado para entender los entramados lingüísticos del idioma español que convierten sus pensamientos en literatura. Esto se hace patente en una irreverente entrada sobre las sordera, titulada “Desconfianza en el Oído”, en la cual se refiere a la escritura como soberana del pensamiento que “inventó los sonidos aislados y exhibió una desmembración del lenguaje que era inconcebible antes de ella y que aquellos que no saben leer ni escribir desconocen por completo”. Igualando así a los sordos con los que no los son en la capacidad de maravillarse frente al mundo narrado. Luego anota un giro hacia el humor y señala que la escritura es la venganza de los que no pueden escuchar por constituirse en una “artimaña que nos ha hecho desconfiar de la palabra desnuda, la palabra que se oye, y nos hace recelar de nuestro oído”. Se trata, por su puesto, de la reflexión de un poeta que debe entrenarse con las relaciones molestas entre la musicalidad y la semántica. Pues, de la misma manera en que la palabra escrita muchas veces traiciona a la hablada, el poemario raras veces puede aspirar a la fibra emocional del recital.

Pero no solamente en el registro oral destaca el verso como el uso quimérico de la escritura. También en su comparación con los géneros de la reflexión y de la narrativa, el poema queda como el último reducto de la tiranía en el universo de las letras. “La prosa es titánica e implacable, pero juega limpio”, escribe el también autor de la novela Emilio, los chistes y la muerte (2009): “la poesía es huidiza y engañosa: no concede nada, no promete nada. El último verso de un poema sella algo que un segundo antes no existía. No hay pues poemas truncos. En cambio, toda prosa, en un sentido, es inconclusa”. Con estas palabras, el poeta reivindica la posición de los suyos y de la lírica dentro del inacabable mundo de la literatura.

Lo que queda oculto detrás de la síntesis anecdótica de la casi centena de entradas de Morábito es su capacidad de mirar hacia el oficio de la literatura desde todas las aristas posibles. Así ocurre en “El justificante perfecto”, donde un escritor se ve en la obligación de escribir una excusa para argumentar la ausencia en los días de escuela de su hijo y la tarea lo sobrepasa, ofuscado por la necesidad de encontrar las palabras perfectas para expresarse. “Escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás sencillamente redactan”, se lee en El idioma materno y al lector no puede dejar de parecerle interesante la frase porque, a simple vista, parece q sabe que solo en ese lugar puede encontrarse la voluntad constante de mejoría que debe marcar el trabajo literario. He allí el aporte de esta publicación: reclamar a la literatura como el imperecedero lugar de las dudas y de la experimentación.

Publicado en Colofón Revista Literaria por Michelle Roche

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